La crisis iconoclasta es un interesante episodio dentro de la historia del Imperio Bizantino, en el que tiene lugar un conflicto a nivel político, religioso, artístico, estético y social, de gran trascendencia.

Aunque aflora en el siglo VIII, parte de un debate que ya lleva gestándose desde los tiempos más primitivos del cristianismo. Participan dos concepciones diferentes y dos formas opuestas de ver la religión: los ortodoxos o iconódulos, y los anicónicos. Dentro de estos últimos, además, existe una vertiente más radical, los iconoclastas. Primero, veamos en qué consiste cada uno:

– los iconódulos son aquellos que defienden el uso de imágenes dentro del culto religioso.

– los anicónicos rechazan el uso de imágenes dentro del culto religioso, ya que toda imagen está realizada con materia, y adorar la imagen es adorar la materia de la que está hecha, reduciendo a Dios a la materia de la representación.

– los iconoclastas no solo rechazan el uso de imágenes, sino que además reaccionan violentamente, abogan por la destrucción de las imágenes, considerándolas idolatría y herejía.

Como decíamos, ya desde los siglos I y II existía un debate en el que se oponían ambas ideas. Esto era causado por una indefinición inicial de la religión cristiana primitiva con respecto a las imágenes. Por un lado, el cristianismo proviene del judaísmo, por lo que resultaría natural seguir la tendencia anicónica que marca la religión semita; además esta noción anicónica del cristianismo ve su respaldo por las clases intelectuales romanas, de alta cuna, muy críticas con todos los cultos orientales que incurren en idolatría y que proliferan durante el Bajo Imperio (religiones mistéricas, como el orfismo o el culto a Mitra; el culto a Isis…), que consideran propios del pueblo llano e iletrado. Por otro lado, una parte importante de la población convertida en este momento temprano procede del Próximo Oriente (Egipto, Mesopotamia…), tradicionalmente iconódulo, que favorecía la incipiente circulación de reliquias.

Ya en el año 730, el emperador bizantino León III el Isaurio prohíbe la representación de la divinidad. Apoyado en fundamentos teológicos, comienzan a generarse posturas cada vez más excluyentes, y dentro de esta postura oficial anicónica cobra fuerza la iconoclastia, en parte alentada por el propio emperador, que buscaba arrebatar a la Iglesia oriental tanto el peso político como los territorios y riquezas, para hacer frente a una crisis económica. Al año siguiente, los ortodoxos responden, desde Roma, proclamando el papa Gregorio III la iconoclastia como herejía. En 754, Constantino V convoca un nuevo concilio, en el que se reafirma la iconoclastia, que supone el inicio de una persecución y destrucción de imágenes. En 787, la emperatriz Irene, viuda de León IV, se acerca nuevamente a posturas iconódulas a través del II Concilio de Nicea, donde se establece que se pueden realizar imágenes, y que éstas pueden tener valor únicamente devocional. Esta solución, sin embargo, dura muy poco, y con León V (emperador entre 813 y 820) se vuelve a imponer la iconoclastia, que se mantendrá hasta la muerte del emperador Teófilo en 842. A su muerte, su viuda, la emperatriz Teodora, regresa definitivamente a la ortodoxia, permitiendo la veneración de las imágenes.

Durante este siglo de conflicto, se plantean tres cuestiones problemáticas. La primera, en torno al concepto de creación. Los iconódulos defienden que, si el propio Dios es creador, el ser  humano, que es imagen de Dios, tiene en su naturaleza la creación de imágenes. La segunda cuestión hace alusión a la Encarnación. Cristo es imagen de Dios, es decir, la forma que encontró Dios para hacerse visible en el mundo de los hombres, así pues, la misma relación que existe entre Cristo y Dios se produce entre un santo y su icono, no se incurre en idolatría; y si se niega esta relación, se está negando a Cristo, de tal manera que dudar del valor de las imágenes es dudar de la Encarnación, que a su vez supone la base de la Santísima Trinidad: Cristo es Dios, es una imagen, el canal que utiliza para encarnarse es el Espíritu Santo, y las tres figuras son Dios. El tercer problema es un tipo de imágenes, acheiropoietos o aquiropoetas, hechas por mano no humana (son ejemplos de ello el Mandylion, la Verónica, la Sábana Santa…), imágenes de la divinidad, no realizadas por el hombre.

Más allá de todo esto, el centro neurálgico de la discusión es sobre la representación de Cristo. Los iconódulos defienden que la imagen de Cristo debe ser representada; mientras que los iconoclastas no solo se oponían violentamente a la posibilidad de cualquier representación de Cristo, sino también se oponían a cualquier imagen que vieran porque lo consideraban una provocación. Para que la imagen fuera válida tenía que darse la méthexis, es decir, debería participar de la esencia misma del modelo al que representaba, debería haber algo de Cristo; y dado que en Cristo hay 2 naturalezas, la divina y la humana, ¿cuál debía representarse? Los anicónicos sostienen que la humana, ya que es la que  no participa de lo divino y lo divino queda fuera de cualquier experiencia sensorial, no se puede aprehender con los sentidos, por lo tanto las artes visuales o la representación de las imágenes en pintura o escultura, deben ser rechazados. Se niega, por lo tanto, la posibilidad de la imagen, en tanto en cuanto no podía manifestar una parte de la esencia de la divinidad.

La postura iconódula es encabezada por San Juan Damasceno (675-749), figura de la iglesia oriental que expondrá 3 sermones “Contra aquellos que desprecian las imágenes sagradas”. Parte de Platón, y sobre todo de Plotino y los neoplatónicos, de forma que al final, tanto las posturas a favor como en contra de la imagen acaban utilizando las mismas fuentes filosóficas. Vuelve a partirse de la méthexis, el concepto de la participación platónica; la participación permite la relación entre Dios y los particulares perceptibles, aquello que se podía observar a partir de los sentidos, y venía a decir que “si bien lo particular no es lo general si que participa de lo universal”. Si cualquier realidad de la naturaleza es criatura de Dios, todas las cosas participan de la belleza y de la bondad divina, por lo tanto es perfecto y adecuado poder representar a Cristo porque participa también de esa belleza divina al ser Hijo de Dios, quien es el logos. Participa de ese modelo de percepción, y por lo tanto, a partir de esa participación se puede entrar en contacto con el original, con el que realmente representa. Si el hombre es imagen divina, y el hombre participa de la belleza y bondad divina, ¿cuánto más no participará Cristo que es Hijo de Dios? Llega a la conclusión de que los iconos pintados no son otra cosa que un ejemplo particular de un universal que engloba el mundo entero. El icono tiene en él mismo parte de esa bondad y belleza divina y sobre todo es el medio de comunicación con la divinidad.

La cuestión más práctica de este debate es el fin y uso de las imágenes. Los iconoclastas sostienen que ya que es imposible una imagen verdadera de lo divino, el icono no es más que un ídolo engañoso, habitado por demonios, teniendo una carga negativa. Consideran que la imagen de Cristo es una imagen utópica, irrepresentable. Las de la Virgen y los santos no son tan utópicas porque eran menos divinos, tienen menos trascendencia. Condenan los iconos y también a los artistas. Los iconódulos, por su parte, defienden que el icono es esencial, se trata de un medio, puesto que participa de la divinidad y permite entrar en contacto con ella. Ahora bien, claramente diferenciaban la imagen de Cristo y de la Virgen y los santos, a Cristo, Hijo y Espíritu Santo se les debe adorar, mientras que a la Virgen y los santos tan solo se les debe veneración. El icono es justo y positivo, y es justo adorar y venerar imágenes, porque el icono es el auténtico intermediario entre el hombre y la divinidad, entre la tierra y el cielo. Volvemos al principio de la participación: las imágenes no son Dios, sino que por participación lo representan.

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