La crisis iconoclasta tuvo una repercusión evidente en el panorama artístico y cultural de los siglos VIII y IX. En primer lugar, porque se destruyeron prácticamente todas las imágenes realizadas antes de estas fechas, sobreviviendo únicamente aquellas que se conservaban en lugares muy apartados (como el monasterio de Santa Catalina del Sinaí), o en aquellos territorios que ya no formaban parte del imperio bizantino, como es el caso de la parte de la Península Itálica que había formado parte del imperio en época de Justiniano. En otros casos, en lugar de una destrucción completa de las imágenes, se procedió a una censura de las figuras humanas, como es el caso del mosaico de Madaba, en el cual se han eliminado las figuras de los pescadores en las barcas del mar Muerto.

En la imagen puede apreciarse (con dificultad, dado que la calidad no es la mejor), cómo las teselas de los pescadores han sido arrancadas y se ha rellenado el hueco, sin figuración.

Por otro lado, se generalizó un nuevo repertorio, un nuevo lenguaje para la decoración devocional de edificios religiosos. Este nuevo repertorio, tremendamente simbólico, no resultaba novedoso dentro del mundo bizantino, donde siempre había tenido lugar el uso de los símbolos de una manera mucho más profusa que en Occidente (buen ejemplo de ello son, sin ir más lejos, las advocaciones de las grandes obras de Constantinopla: Santa Sofía y Santa Irene, dos iglesias dedicadas no a personajes reales, sino a conceptos, a la Sabiduría y a la Paz divinas, algo que en Occidente hubiera sido inimaginable), sin embargo, sí que se alcanza ahora una simplificación mayor.

San Apolinar in Classe, levantada en el siglo VI en la localidad de Classe, puerto histórico de Rávena

Aquí, sin embargo, la cruz ya es mucho más simple y menos ornamentada, aun tratándose de una de las iglesias más importantes de Constantinopla.

Esta simplificación da lugar a una serie de manifestaciones muy características, en las regiones periféricas del imperio, Asia Menor, Capadocia, Eiscuria, la Grecia continental y algunas islas mediterráneas, como Creta o Naxos, que se mantendrían hasta bien entrado el siglo XI, en pequeñas iglesias o santuarios de anacoretas, excavadas en la roca, decoradas con una sencillez que dificulta muchísimo su periodización, y que suponen un episodio muy curioso en la decoración de santuarios religiosos:

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