En América es frecuente encontrar, a lo largo y ancho del continente, los llamados petroglifos, que son símbolos que han sido grabados en relieve sobre las superficie de abrigos, oquedades, cuevas etc. El problema de petroglifos radica en saber cuáles de ellos son de época prehistórica (lítico) y cuáles son de fechas más recientes, de ahí que sea prácticamente imposible diferenciar uno lítico de otro del XIX, estilísticamente son iguales y la pátina del tiempo dificulta todavía más su catalogación.

Respecto a los restos escultóricos, propiamente dichos, sólo se han descubierto hasta el momento dos ejemplos relevantes. El primero de ellos que fue descubierto en una cueva, conocida como Cueva Jacob, en Missouri, consiste en un hueso en el que mediante incisiones se representó la figura de un mastodonte.

El segundo ejemplo es otro hueso de un animal que fue retocado con la intención de configurar lo que parece ser la cabeza de un jabalí. En este caso fue descubierto en el Valle de México, en la localidad de Tequixquiac. Hoy en día sabemos que este hueso puede datarse en torno al año 10.000 a.C. Se conserva en el Museo Nacional de Antropología de México.

Este hueso se corresponde con un hueso sacro y parte de la columna de un camélido ya desaparecido (perteneciente a la familia de las actuales llamas). Fue encontrado en 1870, prácticamente por casualidad, en un lugar de Tequixquiac, a unos 12m de profundidad, acompañado por restos óseos de otros animales, también desaparecidos, y por toda una serie de instrumentos pétreos que se han fechado entre el 14.000 y el 7.000 a.C., de ahí que se haya llegado a la solución salomónica de datarlo en el año 10.000.

Esta cabeza es importante porque demuestra científicamente, no sólo la existencia de seres humanos en esta zona del Valle de México en unas fechas mucho más antiguas de lo que tradicionalmente se cree, pero también porque pone de manifiesto que en esta época hubo ya seres humanos que observaban la naturaleza, que sabían tomar ciertos objetos de ella y que a partir de esos objetos los retocaban mediante incisiones, orificios, para dar lugar a un objeto nuevo que remite al medio natural, en este caso, la cabeza de un jabalí. También es muy importante observar qeu esto lo hacían sin ninguna utilidad o funcionalidad práctica (como cuando labran una flecha que van a emplear para cazar). No puede decirse que exista un deseo estético, al menos no según el concepto clásico, pero sí se manifiesta la intencionalidad de, al menos, fabricar un objeto que tuviera una connotación mágica o simbólica. En este sentido son varios los arqueólogos que señalan que el coyote y el jabalí eran en esa época animales de fuerte connotación totémica.

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