Renacimiento y renacimientos en el arte occidental es la obra que recoge una serie de conferencias dadas por Erwin Panofsky en 1952, a modo de curso de verano para la universidad de Uppsala (Suecia). El propio autor reconoce en su prólogo que el tema se eligió recurriendo a algo que resultase interesante a todos los asistentes al margen de sus campos de investigación particulares. De este modo, casi casual, surgió este texto, que en general se mantiene vigente hoy en día, y que resulta muy estimulante en la aproximación a la Historia del Arte.

Son cuatro las charlas que se recogen, ocupando cada una un capítulo del libro, y tratando cada una un tema prácticamente autoconclusivo, aunque emparentados. A esto se debe añadir una extensa bibliografía, completada por una profusión de notas a pie de página; y un dossier con ilustraciones que arrojan luz sobre los motivos que va citando durante el discurso.

“‹‹Renacimiento››: ¿autodefinición o autoengaño?” comienza con una reflexión sobre la tendencia a dividir y compartimentar en periodos, los puntos de vista existentes al respecto, analiza brevemente y desvirtúa rápidamente las dos opiniones al respecto, tanto la monista como la atomista, lo que le lleva a reconocer la necesidad de los periodos como etiquetas que, si bien no son definitorias del periodo en sí, son lo suficientemente diferenciadoras como para permitir el entendimiento. Entiende estos “megaperiodos”, como él los llama, como conceptos flexibles, que deben estar al servicio de la evolución del conocimiento humano sobre ellos y sobre sus márgenes; cierra esta reflexión inicial con una comparación, que personalmente me resulta muy ilustrativa y curiosa, con las etapas de la vida humana. Después, analiza el debate que ha existido en torno al concepto de “Renacimiento” como megaperiodo, primero su negación, que a la vez le daba valor de existencia por sus detractores medievalistas, y su posterior revisión y cambio de contenido. Hace un recorrido de la historia del concepto, desde Petrarca, como consciente de la gestación de un cambio que se produciría poco después, pasando por Boccaccio, que relacionó en este contexto de renovación las artes con las letras, dignificando a las primeras, y convirtiéndose a través de esta unión en el humanismo como corriente cultural de los siglos XV y XVI. Sin embargo, al tocar el tema de la pintura, Panofsky ve que existe una disyuntiva, ya que ésta no tenía modelos clásicos a los que seguir y con los que renovarse, con lo que advierte que la vuelta a los clásicos se traduce en pintura en una imitación fiel de la naturaleza. Remite a los tratados, mayoritariamente de arquitectura, para comprobar cómo ya en la época se reconocía este cambio como existente, aunque quizá percibiéndose de una manera diferente a como hoy día contemplamos que realmente fue. Considera también el debate sobre si lo que ocurre culturalmente en el Renacimiento es un resurgimiento natural y espontáneo de la cultura o es una deliberada asimilación de un pasado cultural imitativamente, según el juicio de los propios personajes de la época. Presta atención siempre tanto a Italia como al Norte. Para finalizar, emplea otra llamativa comparación para negar la afirmación de que el Renacimiento sólo fue otro brote de atención a la Antigüedad, que en esta ocasión tuvo mayor cantidad de adscritos, argumentando que la mayor diferencia es la creencia generalizada en la época de que se estaba haciendo algo distinto, que se estaba viviendo una metamorfosis espiritual, intelectual y emocional, una experiencia mística, y que por este motivo la describían con términos, dualidades y referencias religiosas.


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