“Renacimiento y renacimientos” se abre con un reconocimiento de la existencia de un Renacimiento nacido en el XIV y extendido en el XV, para plantearse a continuación la existencia de otras germinaciones de la Antigüedad a lo largo de la Edad Media. Hace un recorrido a lo largo de todas ellas, comenzando por la renovatio carolingia, prestando atención también al fenómeno de conservación de la cultura clásica en las islas británicas y a la influencia griega (bizantina) como preludio de este florecimiento cultural en la corte de Carlomagno, del que destaca sus principales logros. Prosigue con unos años de “oscuridad”, tomados más como un abandono de lo clásico que permite la aparición de personalidades creativas, que no dejaron de ser hechos aislados, y pasa rápidamente sobre el llamado renacimiento otomano y anglosajón, puesto que son renaceres culturales frente a estos años de decadencia, pero no en el sentido recuperativo de lo clásico. Tampoco presta demasiada atención, aunque sí menciona, otro momento destacado en el cambio de milenio, también más como una recuperación cultural que clásica. El “protorrenacimiento del siglo XII” es objeto de una mayor consideración por su trascendencia. Es este un momento en el que se abordan nuevos problemas buscando su solución en lo clásico, y en el que se toman imágenes copiadas directamente de lo clásico, incluso de estatuas de gran tamaño. Este movimiento, surgido en Italia y el sur de Francia, tuvo mayor calado en las regiones en las que posteriormente surgiría el arte gótico, y es en este estilo (y en un marco geográfico completamente diferente) en el que por primera vez el arte puede medirse cara a cara con el de la Antigüedad. El gótico comprende la esencia del arte clásico; en la disciplina escultórica, por ejemplo, el románico imita las formas, mientras que el gótico comprende los principios que rigen las figuras escultóricas. Francia es el núcleo de esta comprensión, que transmite su influencia a toda Europa, especialmente a las zonas con las que mayor contacto tiene, como es el entorno normando. Una vez hecho este recorrido, evidencia que este fenómeno artístico es un movimiento independiente, pero íntimamente relacionado, con el humanismo, al que hay que tomar como un ideal cultural y educativo concreto. Aquí, reseña que no se había producido conjuntamente a esta renovación artística una renovación de las letras. No se traducían obras clásicas que no fueran de índole científica o filosófica, y tampoco se buscaba inspiración en ellas. El fenómeno paralelo al protorrenacimiento que había desarrollado anteriormente sería un protohumanismo nacido en Inglaterra y el norte de Europa (Francia, Alemania, Países Bajos). Retomando la labor que se interrumpió con la desaparición de la dinastía carolingia, surgió una revalorización del latín, de la prosa y del verso clásicos, y de un gusto, considerable estético, por lo procedente de la Antigüedad. Se recuperó la mitología y las leyendas, la perfección literaria y los ideales intrínsecos de los textos antiguos. Este entusiasmo trascendió, pasando a las lenguas locales para llegar a aquellos que desconocían el latín. Por sus puntos de origen, el protorrenacimiento se propagó hacia el norte y el protohumanismo hacia el sur, la combinación de ambos reactivó los motivos y conceptos clásicos, no solo se copiaron las imágenes sino que se comprendió la mentalidad, fue calando el lenguaje tanto en vocabulario como en sintaxis. Esto conllevó a lo que Panofsky llama “principio de disyunción”. Las formas clásicas se llenaron de contenido cristiano, y los contenidos clásicos tomaron formas contemporáneas, lo cual generó que errores de traducción generasen representaciones erróneas y sin sentido. Admite que esta disyunción tiene excepciones, muchas veces explicables, como él mismo demuestra a continuación. Tras esto, hubo una respuesta gótica que abandonaba el clasicismo; éste se encontraba tan intrínsecamente absorbido que esta respuesta solo fue un enmascaramiento de las formas clásicas, y se produjo una nueva desligazón de las formas y los contenidos clásicos, que no ocurría solo por ausencia de una tradición representacional, sino que aun donde existía esta tradición se abandonó el clasicismo durante los siglos XIII y XIV. Dentro de la evolución de la Edad Media, en la que la cultura aparecía y desaparecía en el paso del tiempo, era necesaria una desaparición de todos los modelos clásicos que propiciase una vuelta a ellos tan fuerte como para suponer el cambio que sería el Renacimiento, que haría tener la presencia de la Antigüedad permanentemente en la cultura occidental.

“‹‹I primi lumi››: la pintura del Trecento italiano y su impacto sobre el resto de Europa” se inicia con unas consideraciones sobre el surgimiento, la conciencia del “primero”. A continuación, Panofsky dirige sus palabras a comentar las inexactitudes de la obra de Vasari, que, pese a todo, mantienen a sus ojos una esencia de veracidad en la tendencia precursora de los artistas a los que se refiere. Realiza un recorrido comparativo entre los estilos pictóricos de las dos grandes figuras del Trecento, Duccio y Giotto. Esto le sirve para hablar de los diferentes conceptos de espacio y profundizar un tanto en la parte más técnica de la representación espacial. También se hace eco de las diferentes formas de visión a lo largo del tiempo y de cómo éstas impidieron el mismo desarrollo de mecánicas de representación espacial en distintos momentos. Se trata, en ocasiones, de volver a la representación espacial de la Antigüedad, pero esto se hace desde las propias formas de representación del momento, lo cual hace imposible lograr los objetivos. Describe los logros del Trecento para, finalmente recoger como se expanden por Europa.

Anuncios