La admiración.

Como ya dijimos, la admiración es la primera y la más templada de las pasiones, y en la que el corazón siente menos agitación. El rostro recibe muy pocos cambios en todas sus partes, y si los hay será solo la elevación de las cejas, pero con los dos lados al mismo nivel, el ojo estará un poco más abierto que de ordinario, las pupilas entre los dos párpados y sin movimiento, fijas en el objeto que habrá producido la admiración, la boca estará entreabierta, pero aparecerá sin ninguna alteración, como las restantes partes del rostro. Esta pasión no produce más que una suspensión del movimiento para dar tiempo al alma de deliberar lo que debe hacer y para considerar con atención el objeto que se le presenta, si es raro y extraordinario, desde el primer y simple movimiento de admiración se engendra la estima.

La cólera.

Cuando la cólera se apodera del alma, quien siente esta pasión tiene los ojos enrojecidos e inflamados, las pupilas extraviadas y centelleantes, las cejas ya abatidas, ya elevadas, tanto una como otra, la frente aparecerá fuertemente arrugada, con pliegues entre los ojos, las ventanas de la nariz abiertas y dilatadas, los labios apretándose uno contra otro, el labio inferior sobrepasará al superior dejando las comisuras de la boca un poco abiertas con una risa cruel y desdeñosa. Parecerá que rechinan los dientes, veremos saliva en la boca, el rostro estará pálido en algunos lugares e inflamado en otros, y todo él hinchado; las venas de las sienes, de la frente y de la garganta estarán hinchadas y tensas y los cabellos erizados. Quien siente esta pasión se hincha en lugar de respirar, porque el corazón está oprimido por la abundancia de sangre que acude a socorrerlo. A la cólera le sucede, algunas veces, la rabia o la desesperación.

La desesperación.

Puede expresarse por un hombre que rechina de dientes, babea y se muerde los labios, con la frente surcada por pliegues que descienden de arriba a abajo, las cejas estarán sobre los ojos y muy apretadas por el lado de la nariz; tendrá los ojos encendidos, llenos de sangre, la pupila extraviada, oculta bajo las cejas, y aparecerá en la parte baja del ojo centelleante y en movimiento; sus párpados estarán hinchados y lívidos, las ventanas de la nariz abultadas y elevadas hacia arriba, y la punta de la nariz estirada hacia abajo, los músculos y tendones de esta parte estarán muy hinchados lívidos, así como todas las venas y nervios de la frente, de las sienes y de las cuatro partes del rostro; la parte alta de las mejillas aparecerá gruesa, y la parte de la mandíbula estará marcada y apretada; la boca abierta y muy retirada hacia atrás, más abierta por los lados que por el centro, el labio inferior será grueso, caído y lívido, como todo el resto del rostro: los cabellos estarán elevados y rizados.

Charles Le Brun nació en París en 1619, y murió en 1690. Fue pintor, y también teórico del arte, figura fundamental de la Academia francesa, a cuya cabeza estuvo durante veinte años. Consideraba que era posible llevar a cabo un arte perfecto, para ello el artista debía poner en práctica una serie de reglas y normas que conocería y aprendería en la Academia. Difundió estas normas mediante dos formas, la primera de ellas fue su propia actividad como docente, que además fue muy influyente; y la segunda, y no menos importante, fue la organización de conferencias, cuyos contenidos además fueron recogidos y publicados.

Destaca entre ellas la Conferencia sobre la expresión general y particular, publicada en 1698, ya a título póstumo, para la cual se basó en el Tratado sobre las pasiones del alma, de Descartes (publicado en 1649). Este es un tema que empezó a plantearse en el Renacimiento, y fue calando con lentitud en los teóricos del arte. El primero en proponerlo fue Alberti, aunque el primer estudio coherente al respecto se le debe a Leonardo, y posteriormente Durero. Los movimientos del alma fueron sistematizados por primera vez por Lomazzo.

Le Brun consideraba que eran 21 las pasiones del alma humana: admiración, amor, odio, alegría, tristeza, miedo, esperanza, desesperación, audacia, cólera, respeto, veneración, éxtasis, desdén, horror, ansiedad, celos, depresión, dolor, risa y llanto. Después de enunciarlas, Le Brun procede a codificar los rostros (en ocasiones, incluyendo algún movimiento corporal) de dichas pasiones, describiendo incluso cómo se colocaban los músculos, y acompañando estas descripciones de dibujos. Le Brun es el primero que concentra su atención en los rostros, anteriormente se había mostrado preocupación por todo el cuerpo.

El pintor Nicolás Poussin, previamente a Le Brun, se había preocupado también por este tema del movimiento del alma, pensaba que lo más importante era expresar las pasiones del alma en la  pintura, defendiendo que a través del cuerpo el hombre se convertía en el centro del tema. El pintor debía recurrir a la sencillez, huyendo de la exuberancia, para alcanzar la representación perfecta de la belleza.

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