Una última cuestión, a propósito de un hecho que, según me han dicho, excita contra mí ciertas murmuraciones. Cuando nos dirigíamos hacia ese lugar santo que se llama Béthel para celebrar contigo la Misa, según la costumbre de la Iglesia, pasamos por una villa, de nombre Anablata, y vi en ella una lámpara encendida. Pregunté qué era ese lugar y se me informó que se trataba de una iglesia y entré para rezar. Encontré una cortina colgada a las puertas de esa misma iglesia; estaba teñida y bordada: con una imagen, quizá la de Cristo o de algún santo, no me di cuenta suficientemente de lo que representaba.

Viendo este sacrilegio, que en una iglesia de Cristo, contrariamente a la autoridad de las Escrituras, se representaba una imagen humana, la arranqué y aconsejé a los guardas del lugar que confeccionaran con ella mejor un lienzo para envolver y enterrar el cadáver de algún difunto indigente. Pero las gentes murmuraron que si quería arrancar ese tapiz, lo justo es que les diera otro a cambio. Ante tales requerimientos, he prometido que les daré una y la enviaré sin demora. En realidad, se ha producido cierto retraso, ya que buscaba una cortina muy bella para mandarla en lugar de la otra, quizá la podré enviar desde Chipre. Pero entre tanto tengo que mandar lo que he podido encontrar, y te ruego que ordenes al presbítero de ese lugar que acepte del lector la cortina que hemos mandado. Ordenarás también que de ahora en adelante no se cuelguen en la iglesia de Cristo esta clase de cortinas, que son incompatibles con nuestra religión.

Ya en una fecha temprana, este texto refleja como en el Oriente cristiano existían enormes reticencias a la representación de Cristo y de los santos, se adoptaban posturas iconoclastas muy radicales, preludiando ya la crisis que se desataría siglos después.

Epifanio, tío, te has pasado. 

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