El olfato de Le Corbusier en la época de las camarillas era perfecto. Ya al principio pareció darse cuenta de lo que se convertiría en axioma de la competencia artística del siglo XX. A saber, que el joven artista con ambiciones debía unirse a un “movimiento”, a una “escuela”, a un ismo: esto es, a una camarilla. O se unía a un cenáculo y suscribía su código o debía renunciar a toda esperanza de prestigio. En vano se buscará en la historia del arte y de la arquitectura posterior a 1900 esa figura prestigiosa que, a la manera de Thoreau, baile al son de una música distinta, ese genio solitario cuya obra solo puede calificarse de sui generis (con la posible excepción de Frank Lloyd Wright, de cuyo destino nos ocuparemos enseguida). No, la figura solitaria por todos aclamada que puede encontrarse en ese lugar es la del artista que, como Kasimir Malevich, es lo bastante listo para rodearse del oropel de un movimiento, de un ismo, y se vuelve camarilla de un hombre solo. O, si sabe encontrar un socio, una camarilla de dos. Tras lo cual exclama: “¡Soy un suprematista! [ o ¡un purista!, o ¡un orfista!] ¡No os importe que esté aquí solo! ¡Mis compañeros no tardarán en llegar!” Le Corbusier se agenció un socio, Amedée Ozenfant… y el purismo fue hecho.

Le Corbusier era un individuo delgado, cetrino, miope, que se paseaba en una bicicleta blanca, vestía traje negro y ajustado, camisa blanca, pajarita negra, gafas de búho con montura negra y sombrero hongo negro. A los mirones sobrecogidos les decía que vestía de aquella suerte para parecer tan limpio, exacto y anónimo como le fuera posible, para ser el hombre eléctrico y producido en serie de la Época de la Máquina. A las casas que proyectaba las llamaba “máquinas para vivir”. Le Corbusier viajó a Alemania y Holanda y fue muy conocido en todas las camarillas y en todos los congresos, conferencias, simposios, deliberaciones de juntas y doquiera que sonase el insistente tam-tam de los manifiestos, la cantinela de las camarillas: ¡Afirmamos…! ¡Afirmamos…! ¡Afirmamos…! ¡Afirmamos…! Era exagerado, era machacón, era brillante, era Santo Tomás, era los jesuitas, el Doctor Sutil y la escolástica, Marx, Hegel, Engels y el príncipe Kropotkin amasados en uno. Su Vers une architecture fue la Biblia. Hacia 1924 era uno de los genios imperantes de la nueva arquitectura. En su mundo era… ¡Corbu! del mismo modo que Greta Garbo era ¡la Garbo! en el suyo; y todo por la energía de sus manifiestos, su fervor y su puñado de casitas: para su hermano, para Ozenfant, para los parientes y amigos. Luego habría otra para papá y mamá. La casa de retiro de su madre, que costeó ella y ella construyó, se convirtió en la auténtica insignia del arquitecto de camarilla.

Tom Wolfe, hablando de Le Corbusier, uno de los más influyentes arquitectos del siglo XX.

¡Corbu!

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