Una de ellas era emprendedora, con rasgos varoniles, el cabello suelto, las manos llenas de callos, el vestido ceñido, toda cubierta de yeso, como mi tío cuando esculpía sus piedras. La otra en cambio tenía un rostro hermoso, porte decoroso y vestido bien dispuesto […].

La mujer tosca y varonil fue la primera en hablar: Yo, querido niño, soy la Escultura, el arte que ayer empezaste a aprender y que te es familiar y con el que estás “emparentado” por parte de madre. Tu abuelo, e iba diciendo el nombre del padre de mi madre, era escultor, y tus dos tíos se hicieron también famosos gracias a mí. Si deseas mantenerte al margen de las tonterías y palabrerías de esa, y señalaba a la otra, tendrás que seguirme y vivir a mi lado; disfrutarás de una buena alimentación y tendrás hombros resistentes y serás ajeno a toda clase de envidias. No te vayas nunca a otra tierra abandonando tu país y a los tuyos y no te alabarán  por tus palabras. Que no te cause desagrado lo vulgar de mi cuerpo y lo desaliñado de mi vestido. Con un comienzo igual, el famoso Fidias hizo la estatua de Zeus, Policleto modeló a Hera, Mirón fue alabado y Praxíteles admirado, y todos ellos son ahora adorados como las estatuas de sus dioses. Y si llegaras a ser uno de estos, ¿cómo no ibas a hacerte célebre entre todos los hombres, hacer digno de envidia a tu padre y famoso a tu país?

De la Antigüedad nos han llegado escasas fuentes, por lo que aunque la distancia cronológica es demasiado amplia como para considerarlas fiables, debemos remitirnos a ellas para conocer el arte antiguo. En la antigua Grecia comienza a existir una consideración del artista, y un interés de escribir sobre el artista y sobre el propio arte. Es en este marco, especialmente a partir del periodo clásico, cuando empiezan a aparecer escritos, llevados a cabo por artistas e intelectuales, que se prolongan hasta el final de la Antigüedad. Aquí debe inscribirse la figura de Luciano de Samosata, un escritor muy brillante, irónico, satírico, burlesco, griego de origen sirio, que vivió ya en el siglo II d. C., de quien han llegado numerosas obras hasta nuestros días. Su estilo es tan personal, irónico y crítico, que suscitó un gran número de imitadores, y hace dudar a algunos expertos que los textos que se le atribuyen sean realmente suyos.

El texto que encabeza la entrada pertenece a Sueño, uno de sus textos, en el que narra el sueño que tiene un aprendiz tras su primer día en el taller del escultor, en el que dos mujeres se le aparecen y le obligan a elegir entre retórica y escultura. Se cree que pudiera ser en parte autobiográfico, ya que su tío era escultor, y posiblemente pasase a formar parte de su taller antes de consolidarse como erudito y hombre de letras.

En realidad, lo que pone de manifiesto es un debate sobre la supremacía de las artes, lo que en el Renacimiento se conocerá como parangón, estableciendo una comparación entre las distintas artes para ver cuál de las artes es superior. Las dos mujeres personifican la Escultura y la Retórica, y desde el principio resulta evidente la preferencia del autor. Escultura es ruda, tosca, varonil, llena de callos, sucia por el yeso y mal vestida, mientras que Retórica “tenía un rostro hermoso, porte decoroso y vestido bien dispuesto“, es decir, era refinada. Entre los argumentos de Escultura se encuentran alabanzas a Fidias, Policleto, Mirón y Praxíteles, sin embargo, envenena sutilmente sus argumentos, no fuera a ser que nublasen al lector el contenido y el mensaje principal (“no te alabarán por tus palabras“). Existe una clara preferencia por la Retórica, pues, mucho más noble que la Escultura, es una tarea liberal, intelectual y digna, mucho más que el trabajo manual y el esfuerzo físico de la labor escultórica.

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