Toma minio puro, añade una tercera parte de cinabrio, y muélelo con agua sobre una piedra. Cuando esté cuidadosamente molido, bate la clara de un huevo (en verano con agua, en invierno sin agua). Cuando esto está puro, pon el minio en un cuerno y derrama la clara sobre él. Mete un bastón y muévelo un poco. Entonces, haciendo uso de una brocha, cubre con esto todas aquellas partes sobre las que quieras aplicar oro.

Pon un pequeño cacharro con cola sobre el fuego y cuando se funda, derrámalo denrto de la caja conteniendo el oro y lava el oro con ello. Entonces derrámalo a raudales dentro de la otra caja en la que guardas los espumados [=hervidos]. Derrama la cola caliente otra vez, sostén la caja en la palma de tu mano izquierda y remueve cuidadosamente con un pincel. Aplica [la mezcla] tan espesa o finamente como desees, pero no uses demasiada cola, porque, si hay en exceso, el oro se ennegrece y no adquirirá brillo. Después que ello ha secado brúñelo con una muela o sanguinaria que ha sido cuidadosamente cortada y pulida sobre liso, sacando brillo con una tableta de hueso. Si por descuido resultara un fracaso, cocinar bien la  cola, así que el oro llega a convertirse en polvo por roce, o se levanta porque [la cola] es demasiado espesa, tú deberías tener a mano algo de la vieja clara batida sin agua, e inmediatamente untar un poco de ello con un pincel ligeramente sobre el oro. Cuando ello esté seco, frótalo otra vez con la muela o la piedra. De la misma manera aplica la plata, latón y cobre en sus correspondientes lugares y frótalas entonces […].

Durante la Edad Media, gran parte de los saberes de la Antigüedad se perdió, y respecto al arte, dejó de teorizarse o de prestarse atención. Se consideraba cualquier expresión artística como meras artesanías, y no existía la necesidad de escribir sobre ellas. Es por este motivo que durante gran parte de la Edad Media los únicos textos artísticos existentes eran eminentemente prácticos, concebidos como meras herramientas de taller, y de los cuales se han conservado escasísimos ejemplos. En ellos podemos ver que existe un tratamiento literario, se escriben indistintamente en prosa y en verso, puesto que lo importante es el contenido, no la forma. De todos estos recetarios medievales conservados, el más importante es este de Teófilo, un manual del arte de la pintura. En este fragmento en concreto recoge la manera correcta de realizar el dorado de una superficie en una miniatura. Resulta muy revelador que, al mismo tiempo que describe los pasos, se detiene también en los errores más frecuentes y en la forma de corregirlos, evidenciando por una parte su carácter práctico y por otra el conocimiento que tiene el autor sobre el asunto, lo que nos permite suponer que Teófilo fuera un artesano, que conociese estos procedimientos de primera mano, y por tanto habla desde su propia experiencia para solucionar los problemas más frecuentes a los que pudieran enfrentarse artesanos menos experimentados.

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