Me escribiste también sobre alguna supuesta imagen de Cristo que querías que te enviara. Pero, ¿qué clase de cosa es lo que tú llamas imagen de Cristo? No sé lo que te indujo a solicitar que se pintara una imagen de Nuestro Salvador. ¿Qué clase de imagen de Cristo buscas? ¿La verdadera e inalterable que tiene sus características esenciales, o la que adoptó para nuestra salvación cuando asumió la forma de un siervo?…

Pero si lo que quieres pedirme es la imagen, no de Su forma transformada en la de Dios, sino la de la carne mortal antes de su transformación, es que has olvidado ese pasaje en el que Dios establece la ley de que ningún retrato se puede hacer de lo que está en el cielo o en la tierra. ¿Has oído alguna vez algo semejante en la iglesia o lo has oído de otra persona? ¿No están excluidas y desterradas estas cosas de las iglesias de todo el mundo y no es de conocimiento común que tales prácticas no nos están permitidas solamente a nosotros?…

Pues confesando al Señor Dios, Nuestro Salvador, estamos preparados para verle como Dios, y nosotros mismos limpiamos nuestros corazones, pues podremos verle cuando estemos limpios.

El texto, del siglo IV, es de una carta en la que el obispo Eusebio de Cesarea responde a Constanza, la hermana del emperador Constantino el Grande, una serie de cuestiones relacionadas con el pensamiento iconódulo.

Se enmarca en el contexto cultural previo a la Crisis Iconoclasta, episodio que enfrentó a las dos formas de concebir las imágenes: por un lado, los iconódulos, aquellos que defendían el uso de la imagen como representación; y por otro los anicónicos, que negaban que fuese adecuado el uso de imágenes. Dentro de los anicónicos existía, además, una corriente radical, los iconoclastas, que veían el riesgo de caer en la idolatría, y que por tanto rechazaban violentamente cualquier representación de la divinidad.

Esta carta responde a una petición de Constanza de una imagen de Cristo, con ello se abre el fragmento. En primer lugar, Eusebio de Cesarea plantea la cuestión de qué considera ella una imagen de Cristo, para después abrir la puerta a una insinuación de que detrás de esta petición se encuentran pensadores de la corte de mentalidad iconódula. Reflexiona, en tono interrogativo, sobre las posibilidades de interpretación del concepto de “imagen de Cristo” a través del discurso teológico relacionado con la multiplicidad de concepciones que encarna la figura de Cristo: humano, Hijo de Dios; su esencia divina…

En el segundo párrafo, centra su discurso en la imagen física. Evidencia la dicotomía entre Cristo Dios y Cristo hombre, dando a entender que es al primero al que se le debe devoción. Cuando habla del “pasaje en el que Dios establece la ley de que ningún retrato se puede hacer de lo que está en el cielo o en la tierra“, hace referencia a la Ley Judía, dado que Jesús en ningún momento se pronunció al respecto, y por tanto los anicónicos consideraban que lo que hacía al no pronunciarse era sancionar y continuar la Ley Judía. De nuevo concluye con interrogantes, que hacen alusión esta vez al rechazo directo a las imágenes.

Finalmente, el texto concluye con una enseñanza para Constanza, de que la única forma de ver a Dios es a través de la penitencia y la limpieza de espíritu, todo ello redactado, al igual que el resto de la misiva, con la superioridad de quien se sabe en posesión de la verdad.

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