Desde el siglo V, y y por espacio de tres siglos, dentro del territorio peninsular se asentó un reino germánico, que supuso, históricamente, el paso de la Antigüedad tardía a la Alta Edad Media. Este reino visigodo, que entró rápidamente en crisis, tuvo una serie de manifestaciones artísticas escasas y con poca fuerza, transicionales, que favorecieron el asentamiento del nuevo lenguaje y la nueva estética posteriores. Esto llega al punto de que durante el siglo VIII, no se produce ningún tipo de fusión o absorción de formas, tipologías o usos artísticos (más adelante se explicará la cuestión de los arcos de herradura1) entre los visigodos, pueblo autóctono, y los musulmanes, conquistadores, e incluso puede irse más lejos, al afirmar, como hace Joaquín Yarza, que “el siglo VIII se presenta en líneas generales como yermo casi completo en lo artístico2”.

Esta particularidad permite que las formas musulmanas encuentren, dentro del territorio peninsular, su propio camino, para una evolución única y específica, que aunque están obviamente relacionadas con las manifestaciones de Oriente, sigue su propio camino por forjarse condicionadas por las vicisitudes propias del contexto.

En un primer momento, durante el waliato, el principal interés musulmán era el afianzamiento de su poder sobre el nuevo territorio y sobre las luchas intestinas dentro de la propia clase dirigente, por lo tanto, las manifestaciones artísticas todavía no constituían una preocupación. Durante este primer momento, lo que encontramos mayoritariamente son restos cerámicos, útiles de uso diario, que no incurren en grandes lujos, y que simplemente pretenden abastecer las necesidades de la población, estos fragmentos de cerámica muestran formas globulares de pasta clara, paredes delgadas, no vidriadas, y constituyen, en definitiva, cerámicas transicionales (Benalúa3). No se conservan vestigios arquitectónicos adscribibles con seguridad al waliato4, solamente monedas, de tres tipos: de oro, con la leyenda en latín en el anverso y en el reverso, y con una estrella de ocho puntas en el anverso; de oro, bilingües, con la leyenda en árabe, y en la cara más importante en latín con la estrella de ocho puntas; de cobre (feluses), muy mal conservadas, con un busto antropomorfo en el anverso y leyenda en árabe en el reverso. También pertenecen al waliato , todavía con cruces en circunferencias, fragmentos de candiles de piquera de cazoleta circular típicamente visigodos. Muy escasas, los hallazgos son excepcionales, y responderían a este tipo de útiles funcionales del pueblo llano. Debemos, por tanto, esperar a que se alcance la estabilidad para encontrar el surgimiento del arte andalusí, o hispanomusulmán, en todo su esplendor. Para entender mejor este momento inicial, hagamos una panorámica sobre la desaparición del reino visigodo y la conquista musulmana.

Los musulmanes, en su expansión por África llegaron, con Uqba ibn Nafi (fundador de la ciudad de Kairouan), en el curso de una campaña militar en 683, al Atlántico, tomando la ciudad de Tánger en el 707. Ese año, Musa ibn Nusayr, gobernador de Ifriqqiyya, conquistó para el Islam Tánger y Ceuta. Tres años después, en julio del 710, Tarif ibn Mammuk desembarcó en una incursión de reconocimiento en la isla de Las Palomas, donde existía una ciudad de origen fenicio que posteriormente adoptaría el nombre del jefe bereber, Tarifa. En 711, el lugarteniente del gobernador de Ifriqqiyya, Tariq ibn Zillah, con un ejército numeroso de etnia bereber, cruzó el estrecho y llegó a Gibraltar. En la batalla del río Guadalete (711), derrotó a Rodrigo, último rey de Hispania, y la capital del reino visigodo, Toledo, se sometió al poder musulmán; Musa pasó a la península con un ejército de dieciocho mil hombres, en el año 714 ya habían tomado todo el territorio, fueron llamados y viajaron a Damasco para dar cuenta de su conquista.

A su llegada a la Península Ibérica, se encontraron con un estado visigodo al borde de la guerra civil. El poder de los últimos reyes visigodos había sido minado por diferencias entre los dos principales bandos, la familia del rey Chindasvinto y la familia Wamba. Los visigodos se regían por una monarquía absoluta de carácter electivo (por los nobles destacados). Después de Chindasvinto y de su hijo Recesvinto subió al poder Wamba, depuesto este, subió al poder Ervigio, a su muerte Égica y su hijo Witiza, apoyados todos por los partidarios de Wamba. A la muerte en 710 de Witiza, sus partidarios proclamaron rey a su hijo, Aquila, mientras que la facción de Chindasvinto y Ervigio eligieron a Rodrigo. La facción de Wamba alentaron a los musulmanes, en calidad de aliados, a que ocupasen la Península Ibérica, y colaboraron con ellos abandonando al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete. Dentro de este ambiente deben entenderse pactos como el del conde Julián (Ceuta) y Musa ibn Nusayr. Las clases bajas alejadas de la política y desconocedoras de diferencias teológicas entre cristianos, arrianos y musulmanes, aceptaron el dominio de buen grado porque si se convertían conseguían mejoras sociales y económicas.

La razón del rápido avance musulmán estriba en el conocimiento exacto de la estrategia a seguir para dominar la península, consistente en controlar el eje principal, de suroeste a noroeste, Córdoba, Toledo, Zaragoza. Teniendo como aliados a una parte importante de la nobleza visigoda, que los veían como unos conquistadores temporales (pensando que, estando de su lado, podrían recuperar el poder mediante algún tipo de subordinación cuya ejecución se diluyese rápidamente), los musulmanes accedieron a una gran cantidad de información estratégica, y así imponer su dominio de forma prácticamente pacífica, a través de capitulaciones y pactos. Tan solo hubo necesidad de someter a asedio a Córdoba durante varias semanas, y algunas escaramuzas más que batallas, para dominar un amplio territorio, que abarcó prácticamente toda la península.

En el año 714, Musa y Tariq se hallaban enfrascados en la expansión por el norte peninsular cuando fueron llamados por el califa de Damasco, Sulayman I, donde fueron juzgados por malversación, y no pudieron regresar a sus territorios en Occidente. Antes de partir a Damasco, sin embargo, Musa había nombrado a su hijo Abd al-Aziz gobernador de al-Andalus, aun sin tener potestad para ello. Abd al-Aziz gobernó tratando de buscar la estabilidad y consolidación del control sobre el nuevo territorio, gobernando de una manera directa en la práctica, pese a estar, estrictamente, sometido a Ifriqqiyya.. Sin embargo, una conspiración acabó con la vida de Abd al-Aziz en 716, y a su muerte, el siguiente wali, o gobernador, fue elegido desde Ifriqqiyya con buen cuidado de que fuera alguien fiel al gobernador y de que no ejerciese un poder autónomo. Fue designado a tal fin al.-Hurr, que se encargó de solucionar todos los problemas a los que al-Aziz se había enfrentado con escaso éxito (relacionados con las dos etnias que habían llegado a la península, los bereberes y los árabes). A partir de aquí, se sucedieron conflictos sobre la autonomía o no de la provincia y entre las clases dirigentes, que se prolongarían hasta la llegada, en 755, del príncipe Omeya Abd al-Rahman.

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1 “Una de las constantes más llamativas en la arquitectura visigoda es la del empleo del arco de herradura. Se trata de una forma de origen romano, que se emplea también en otros países, especialmente en Oriente, hasta los primeros siglos de la Edad Media; la preferencia visigoda por el arco de herradura y su continuidad de uso en la arquitectura islámica española le han proporcionado un reconocimiento genérico de hispanismo.” Visigótico y prerrománico, Ramón Corzo, Hª 16, p.28.

2 Yarza, Joaquín, Arte y arquitectura en España, 500-1250, Cátedra, primera edición de 1979; extraído de la undécima edición, fechada en 2007, página 28.

3 Conservados en el MARQ de Alicante.

4 Sin embargo, se tiene constancia de la construcción, en 718, de la llamada Mezquita Blanca en la ciudad de Zaragoza, que posteriormente sería ampliada; lo mismo sucedió en Elvira y en otras ciudades, aunque no se ha conservado ningún vestigio.

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