TALLER DE ZARAGOZA. CRUCES.

Salieron también de los talleres zaragozanos en la segunda mitad del siglo XVI gran número de cruces procesionales llevando en las extremidades de cada uno de sus brazos medallones de esmalte pintado dispuestos de idéntica manera que los translúcidos del siglo XV. Quizá la más antigua de este ciclo y al mismo tiempo la mejor es la que se conserva en la iglesia parroquial de El Burgo de Ebro. Si no fuesen bastante sus esmaltes para darla a conocer como obra aragonesa lo afirmaría el punzón de Zaragoza que lleva, lo que hace imposible discutir su autenticidad. Es la cruz una verdadera filigrana y modelo de elegancia, de la que participan los esmaltes verdaderamente preciosos. Corresponden al estilo del San Jerónimo de la iglesia de Santa Cruz de Zaragoza, pero todavía lo superan estos en calidad en algunos aspectos, tal el de la mayor expresividad y soltura de las figuras. Lleva cuatro medallones en cada una de sus caras, colocados en el extremo de cada uno de sus brazos y otros dos más, en el centro; los de su anverso representan los cuatro evangelistas, los de los cabos, y el Descendimiento el de enmedio, éste sobre todo es magnífico: un fondo sencillo y claro, al pie de la cruz (que no se ve entera y contra la cual se apoya una escalera) está tendido el cuerpo de Jesús, san Juan de rodillas lo incorpora y apoya sobre sí la Divina Cabeza, a la que dirige una mirada cariñosa y melancólica; María, sollozando, va a caer en ademán rapidísimo sobre el cadáver de su Hijo, y la Magdalena, inclinándose hacia delante con los ojos empapados de llanto, contienen con sus brazos el triste impulso de la Madre; es una escena llena de ternura y delicadeza, a las que se unen bello dibujo y suave colorido; está, además, desarrollada la composición con perfecta armonía dentro del estrecho marco circular del medallón. Los restantes medallones están también resueltos con singular elegancia y son todos ellos semejantes a miniaturas o pequeños cuadritos con sus fondos perfectamente estudiados y detallados. Nos será imposible encontrar ya esmaltes aragoneses, ni en Zaragoza ni en los talleres darocenses, de tan extremada figura como estos de El Burgo de Ebro, tan acabados y perfectos en todos sus aspectos de técnica, colorido y dibujo; siendo, para mi gusto, esta cruz y especialmente la plaquita del Descendimiento, lo más bello y emocionante que produjo el arte del esmalte pintado en Aragón.

Y hasta aquí la recopilación de fragmentos del cuadernito que don Federico Torralba dedicó a la esmaltería aragonesa. Insisto aquí también en ofrecerme a conseguir el texto completo si alguien estuviera interesado. 

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